Un país para todos (1): buscando un acuerdo y un camino

Por Adrián FreijoSe habla de un Pacto de la Moncloa a la argentina en el que podamos, como los españoles de la transición. Acordar políticas comunes y objetivos de estado. ¿Es posible lograrlo?.

 

Los argentinos nunca le dimos valor a la república.

Tal vez por el origen aluvional de nuestra sociedad o por las heridas nunca cerradas de nuestra historia, siempre pusimos la nación por delante –lo que no está mal si de resguardar los lazos naturales se trata- sin entender que sólo la república podía garantizar la continuidad de aquella.

Vamos a recorrer juntos todo el tiempo de los argentinos; la etapa de la organización nacional –con su pléyade intelectual y su desconocimiento de la realidad interior-; la aparición y vigencia de los partidos políticos como expresión de una democracia liberal de la que se adueñaron en vez de servirle; el peronismo, sus grandezas, miserias e incoherencias; la inestabilidad permanente que nos arrastró al autoritarismo y a la violencia irracional y ,por fin, este tiempo democrático vacío de respuestas y administrador de decadencias.

Y en cada caso intentaremos desentrañar el porqué de tantos fracasos y claudicaciones, en una sociedad que no parece excesivamente pretenciosa y sólo aspira a un país de respeto, paz y trabajo para todos.

¿Qué nos pasó?; ¿qué nos faltó?; ¿qué hicimos todos con la Argentina?. Muchas son las explicaciones que se han ensayado ante estas preguntas.

Nos disponemos a intentar una respuesta globalizadora que nos aleje de la tentación de buscar culpables y pretextos de acuerdo a nuestras preferencias y convicciones ideológicas. Porque estamos seguros que alguna carencia permanente nos ha acompañado desde nuestra gestación como país para que el resultado –que hoy asombra al mundo entero- sea este presente argentino.

Y porque seriamente pensamos que aún no es tarde para corregir el rumbo. Sólo hace falta que nos pongamos de acuerdo hacia dónde y que resolvamos en lo inmediato el como.

Que firmemos, en definitiva, un contrato social para una Argentina moderna y exitosa.

La Argentina ha recibido de propios y extraños la más intensa adjetivación que haya sido dedicada a nación alguna.

“Rica”, “promisoria”, “la tierra del futuro”, “soberbia”, “irresponsable”, “culta y refinada” o “torpe y chillona”, son tan sólo algunos de los conceptos-sentimientos que despertó a lo largo de su historia. Y es seguro que en algún momento de su ya agitada vida interior cada uno de ellos haya respondido a razones observables, al menos en la superficie.

¿Qué fue entonces lo que pasó para que el resultado final del camino fuese esta decadencia de hoy que ya alcanza a cada uno de los rincones de la república? ; ¿un destino trágico? ; ¿una perversión colectiva? ; ¿la gran irresponsabilidad común?…

Tal vez de lo que se trate  es de una combinación de cada una de estas cuestiones, unidas a una mentalidad inmadura, caprichosa y –aunque antaño enciclopédica- desprovista de una base cultural sólida y propia que nos permita tener en claro los tres aspectos básicos del desarrollo social: quienes somos, de donde venimos y hacia donde queremos marchar.

Lo que muchos llaman la crisis de los últimos años del siglo xx ( y nosotros preferimos definir como la implosión de los errores cometidos que si tan sólo marcan un cratos en nuestras aspiraciones y costumbres), ha puesto en evidencia lo epidérmico de cada uno de aquellos adjetivos con que el mundo se refirió al país desde los tiempos de la abundancia pastoril hasta los menos recordables de la decadencia cultural, económica y, por fin política.

La articulación entre una abundancia, a veces ficticia, y el ascenso político de las clases populares a partir de los años 40 del siglo anterior, construyó un tipo de estructura social ascendente, aunque durante la década del 90 se desmoronaran todas las bases estructurales que la sostenían.

Una de las hipótesis que buscaremos resolver radica en afirmar que tanto aquella abundancia como la posterior bancarrota forman parte de una Argentina infantil que sólo se abraza aparentemente a lo que -creyendo principios y bases de organizació-, termina siendo tan sólo parte del juego de una sociedad sedienta de grandeza que sin embargo se niega a pasar antes por la estación de la seriedad y el sacrificio.

Seguramente la más notoria consecuencia de esta actitud ha sido el crecimiento de una forma de corruptela institucional generalizada que acabó saqueando al Estado, al tiempo que florecía la creciente claudicación de la clase política y de sus mensajes.

La experiencia peronista iniciada en la mitad del siglo pasado pudo ser el punto de inflexión.

Fracasada la consolidación cultural de la generación del 80 –por errores propios y por la desidia ciudadana, acomodada frente al auge económico- la irrupción de Perón en el escenario argentino debió haber significado mucho más que la inclusión social de las clases sumergidas; debió completar el ciclo virtuoso del pensamiento nacional para permitir una nueva mentalidad que – desde la integración con aquellas ideas de la etapa fundacional y no desde el enfrentamiento- diera a luz una personalidad definitiva, sólida y clara del cuerpo social argentino.

Pero otra vez por errores propios y por ceguera ajena la experiencia quedó inconclusa.

Y ocurrió entonces que nuevamente la razón del tener se agotó en sí misma sin llegar a hacer pie en la razón del ser.

Y como es el peronismo, dividido y sin identidad propia, quien está convocando ahora al gran acuerdo entre sectores, es fundamental comenzar nuestro análisis atendiendo a las reales posibilidades que tiene de hacerlo, a la legitimidad del espacio que quiere ocupar y la las posibilidades ciertas de lograr un objetivo y su posterior implementación.

Pero sobre todo contestarnos la pregunta fundacional del intento: ¿cree el peronismo en la república?, ¿cree en sus controles y límites?, ¿cree en las instituciones que la integran?, ¿se siente esclavo de las leyes?….

Y solo después de tener estas y otras respuestas, poner el carro en movimiento…