Un país para todos (6): un pacto que se ajuste a nuestra realidad

Por Adrián FreijoSi buscamos respuestas en los ejemplos más conocidos de contrato social nos estaremos equivocando. La historia argentina, con sus contradicciones, nos indica otro camino.

 

Hablábamos en nuestra nota anterior de dos casos de pacto social que han trascendido en la historia contemporánea: el de los Estados Unidos, generado en los albores de su independencia como país y basado en la voluntad democrática y la claridad de intereses económicos, y el de España tras cuarenta años de dictadura y el temor al resurgimiento del autoritarismo tras el fallido golpe de mano conocido como  el Tejerazo.

En primer lugar debemos sostener que esta segunda posibilidad –el acuerdo político al estilo español- no resulta viable en una sociedad que no tiene bases comunes anteriores que le permitan saber hacia dónde pretende dirigirse.

Es claro que en el caso citado los españoles tenían –más allá de los traumas enumerados- una cultura común y un espejo cercano en el que mirarse.

El desarrollo impactante de Europa a partir de la segunda mitad de la década del 60 y su consiguiente poderío como bloque económico y comercial, dejaban pocos caminos abiertos para el debate: o se estaba con los vecinos o se pagaba el precio del aislamiento y el retroceso.

Por otra parte la experiencia franquista había dejado una lección indeleble en materia económica: el crecimiento del PBI –importante en la década previa a la muerte del Caudillo- no era por sí sólo garantía de modernización, ni de integración y, mucho menos, de satisfacción de las expectativas de una sociedad que tenía demasiado cerca el ejemplo de quienes optaron por el inteligente rumbo de la comunidad.

Puesto esto en claro –y sobre todo luego de los remezones autoritarios del Tejerazo- sólo hacía falta encomendar a toda la dirigencia política el rumbo a seguir, limitando a los ciudadanos el elegir en cada caso quienes eran los más capacitados para mantenerlo.

Ocurre que en nuestro país no existe esa tradición previa a los traumas y por consiguiente carecemos también de la base cultural para entender quienes somos en realidad.

La sociedad argentina ha vivido desde sus albores en una forma espasmódica, en la que muchos factores fundacionales tuvieron una incidencia superior. Tan sólo a manera enunciativa podríamos definirlos así:

1- la necesidad de una fusión de razas y costumbres que terminó generando un hombre “híbrido”, sin raíces y sin una clara visión de su propio destino;

2- un concepto emancipador y americanista que, sin embargo, no contó jamás con el apoyo y la convicción profunda de las clases dirigentes –generalmente representativas en aquella etapa de los sectores cultos con marcada incidencia del pensamiento europeo- que prefirieron la confrontación interna y el abroquelamiento en posturas centralistas, a espaldas de una realidad dada –cuanto menos- por la extensión territorial del país;

3- una migración interna insostenible en los últimos años del SXIX que hizo que la población rural se volcase sobre Buenos Aires, despoblando el campo y generando distorsiones sociales que no podrían ser ya corregidas en el futuro;

4- una migración externa igualmente desbocada que profundizó las carencias culturales y la ausencia de raíces producida por aquella mezcla de razas de los principios de la constitución como nación;

5- un aislamiento internacional profundo, generado en errores de conducción política y por un pueblo convencido frívolamente de su importante destino universal;

6- una persistente falta de capacidad para encarar un proceso modernizador de su economía que le permitiese resguardar con calidad y valor agregado el lugar que por volumen de producción había logrado en el comercio mundial de materias primas y que poco a poco –pero muy evidentemente- sufría una política de sustitución por parte de aquellos países que, siendo nuestros clientes, no estaban dispuestos a quedar aferrados a una dependencia económica permanente, y menos en un sector –el alimenticio- especialmente primario para quienes buscaban desarrollar políticas de bienestar sustentable para sus habitantes;

7- y, por último, aquella visión segmentada que señalábamos en el principio de este trabajo y que hizo que los argentinos ataran el universo de sus decisiones a las cuestiones del desarrollo económico, lo que los llevó a caer en el error de creer que la bonanza se mantendría inalterablemente en el tiempo al sólo conjuro de las riquezas naturales del país. Ello nos llevó a una crisis de representación que haría explosión en la mitad del S XX con la aparición del peronismo pero que no llegaría a consolidarse en forma definitiva debido a la existencia de rémoras culturales demasiado fuertes que siguieron arrastrando a la sociedad por el camino de la abulia y la frivolidad. El peronismo culminó entonces su ciclo histórico habiendo logrado la integración social y política de clases hasta entonces ignoradas por el poder pero no logró generar una convicción común –un contrato social- que fijara las pautas permanentes de la Argentina moderna.

Descartada entonces la raíz común y fracasados los dos grandes intentos políticos de nuestra historia contemporánea –el encarnado por la Generación del 80 por su pecado de convertir en conservadorismo un liberalismo que por entonces suponía una verdadera revolución cultural, y el peronismo por haber agotado en sus propias contradicciones internas la posibilidad de una Argentina nueva y diferente que rompiese el aislamiento político y comercial con el mundo- queda claro que el contrato social no puede llegar por los mismos caminos que en los países que hemos tomado a guisa de comparación y que, mucho menos, puede hacerlo a partir de un pacto político que no encontraría –por todo lo expuesto- bases suficientes para su desarrollo.

¿Cómo podemos acordar si no sabemos de dónde venimos y tampoco tenemos en claro hacia dónde vamos?.

Máxime cuando este último objetivo común está hoy supeditado a una realidad mundial globalizada ante la que sólo quedan dos caminos por tomar: ignorarla y pretender torcer una realidad universal desde nuestra posición de país emergente (lo que a todas luces parece imposible) o aceptarla y buscar en ella los nichos de ubicación para el desarrollo que el país necesita y la ciudadanía reclama a gritos.

Pero antes de dar cualquier paso, y para evitar los voluntarismos que tanto daño nos han causado a lo largo de las últimas décadas, deberemos realizar un diagnóstico –urgente pero ajustado- del verdadero capital con el que contamos para concurrir a la mesa del contrato.

Y es justo en ese punto donde comienza el verdadero problema que deberemos resolver…