Una sociedad tomada de rehén y acostumbrada al atropello

Por Adrián FreijoCorte de calles, de rutas, del acceso a un predio fundamental para la salud pública. Y una sociedad inerte a la espera de alguien que defienda sus derechos.

No vamos a caer en la trampa de convertir esto en un debate de pobres contra pobres. Una trampa que ha servido para dividirnos y para habilitar cualquier desmán y violación de las leyes que se haga en nombre de la justicia social que en la Argentina se limita a mantener en estado de subsistencia a millones de personas de cuya promoción social e integración al circuito productivo nadie se  encarga en los últimos treinta años.

El drama de la exclusión comenzó seguramente mucho antes pero se acentuó hasta convertirse en un estado estructural allá por los años 90, aquellos en los que algunos viajaban por el mundo despilfarrando dólares y esfuerzos del país mientras otros caían en una desocupación y marginalidad de la que ya nunca podrían salir. Y no salieron…

Los originarios «piqueteros», un neologismo que se convirtió poco a poco en una realidad incorporada al paisaje urbano, trocaron en organizaciones sociales poderosas, que administran millones de pesos y que inciden fuertemente en la vida política argentina.

Ello solo estaría hablando del fracaso de las políticas implementadas por peronistas, radicales y neoliberales -todos tuvieron su turno de gobierno- pero si algo sirve para configurarlo es el hecho de que a la consolidación de la pobreza le ha seguido una caída abrupta de los derechos civiles consagrados en nuestra Constitución Nacional. Los argentinos, sin excepción, somos hoy rehenes del accionar de esas organizaciones y de la complicidad y/o incapacidad de los dirigentes y gobernantes.

Mar del Plata se encuentra, una vez más, tapada de basura y sin saber cuando va a resolverse este problema que siempre es grave pero aumenta exponencialmente su peligrosidad cuando todos estamos abocados a una pelea sanitaria que, entre otras muchas cosas, requiere de condiciones de higiene que no contemplan calles llenas de desperdicios. 

Pero además estamos en medio de una creciente proliferación de protestas, de cortes de calles y de accesos a la ciudad y de todo tipo de actitudes violatorias de la ley vigente y las normas especiales dictadas con motivo de la pandemia. Y una vez más tenemos la sensación de que nadie quiere/puede hacer nada para protegernos y que lo primero que retorna a la «normalidad» es nuestra cotidiana indefensión frente a los atropellos.

Estamos en el medio de una crisis y en estas circunstancias reclamamos de nuestros gobernantes la firmeza necesaria para que el interés de un sector -por válido que sea- no pueda erigirse por el del conjunto. No podemos aceptar ni una aristocracia forzada ni una caquistocracia, el gobierno de los peores, autoritaria y desarraigada del conjunto.

El hartazgo está a flor de piel y la desobediencia civil asoma a la vuelta de la esquina. Todos estamos cansados de esta desigual convivencia entre los que cumplen y los que desprecian a los semejantes.

Aquel «dentro de la ley todo, fuera de la ley nada» que se tomó como un apotegma más, de los muchos modismos que jalonaron la vida institucional argentina, debe hoy ser un dogma religioso de cada uno de nosotros. Especialmente de quienes nos gobiernan…

Barrios enteros de la ciudad están aislados por los cortes y Mar del Plata no recibe un servicio por el que paga la tasa más alta de la provincia. ¿Es esto una sociedad equilibrada?, ¿es justicia?.

¿Es una estigmatización de la pobreza utilizar los medios del estado para obligar a todos al cumplimiento de la ley?.

La justicia social es otra cosa…y no hace falta ningún «ismo» para comprenderlo.