Urgen cambios en la política exterior del país

Por Adrián FreijoMás allá de lo insostenible de la posición de Felipe Solá, cuya salida de la cancillería  está resuelta, la mirada del país en el nuevo escenario mundial debe asumir realismo e inteligencia.

Desde aquella conversación inventada acerca de los términos de la conversación que mantuvo Alberto Fernández con Joe Biden antes de su asunción como presidente de los Estados Unidos hasta el insólito mensaje de saludo enviado hace algunas horas en el que se atreve a reconvenir al flamante mandatario con un tono diplomáticamente amenazante, la serie de errores cometidos por el canciller Felipe Solá no solo aseguraron su salida del ministerio -algo que ahora se mide apenas en días- sino que lo condenaron al congelamiento de su relación personal con el presidente: Alberto no le atiende el teléfono desde hace más de una semana y prefiere tratar los asuntos de política exterior a través de la figura de Gustavo Béliz quien de esta manera comienza a perfilarse como posible sucesor del caído en desgracia.

Nadie cercano al mandatario argentino lograba desentrañar porqué se había escrito esta frase en el tuit oficial en el que se saludaba al demócrata por su llegada a la presidencia del gigante del norte: “(Argentina) espera también que no se apueste a la desunión de nuestras naciones como en la etapa anterior”. ¿Admonizar al mandatario de EEUU?, ¿advertirle?, ¿amenazarlo?….

Y si bien critican las erráticas actitudes del canciller todos coinciden que ellas son posibles por la falta de definición presidencial en todo lo que tiene que ver con la política exterior del país.

Presionado desde el Instituto Patria, Alberto oscila entre su mirada pragmática acerca de la necesidad de mejorar rápidamente la relación con los EEUU -congeladas durante la parte final del mandato de Donald Trump– o seguir atendiendo la presión de Cristina para sobreactuar el apoyo a Maduro, a Evo Morales y al Grupo de Puebla.

Lo primero asegura un apoyo imprescindible para encarar la negociación con el FMI, en la que los plazos de pago no son tan importantes como la necesidad de lograr un envío extra de fondos frescos, mientras que el latinoamericanismo ideológico de la ex mandataria solo ofrece momentos de un espíritu «revolucionario» tan insustancial como fuera de época. Las urgencias argentinas son presupuestarias, de inversión y, aunque a muchos en el entorno de la ex presidenta les cueste entenderlo, urgentes.

Y si antes de la pandemia al país le costaba hacer pie en el mundo de las relaciones internacionales -hace décadas que Argentina está considerado un país cambiante, incumplidor e inestable- la nueva realidad mundial exigirá alineamientos sólidos, directos y garantizados. El mundo entrará en un profunda crisis económica, social y política -no son pocos los que aseguran que las consecuencias del COVID 19 acelerarán las del profundo cambio planteado por la irrupción de la informática, el teletrabajo y la desaparición de cientos de actividades humanas que pasarán al olvido para ser suplantadas por la creciente robótica- y al menos por los próximos veinte años no habrá lugar para los tibios y mucho menos para los «vivos».

Amanece además una guerra comercial que marcará el siglo y en la que EEUU y China se disputarán la hegemonía económica y territorial. Y desarrollar una política exterior inteligente para domar los corcovos que esa pelea generará no es una tarea sencilla para un país que ni siquiera sabe hacia donde camina.

Los cambios son por consiguiente necesarios y urgentes. No hay tiempo y vivir en el debate perpetuo nos lleva directamente al fracaso y al aislamiento.

¿Quiénes somos?, ¿dónde estamos parados?, ¿quiénes quieren y quienes pueden ser nuestros aliados?. Y además…¿cuántos de ellos pueden realmente aportar a nuestro desarrollo?.

En un mundo convulsionado, en pleno proceso de cambio y con reglas de juego tan claras como duras, el ideologismo y el capricho ni siquiera son lujos excéntricos: son estupideces imperdonables de un país que sigue sin asumir su actual marginalidad que lo obliga a seguir tendencias y no a  imponerlas.

Lo demás…es relato puro.