VEDA

Hasta el domingo electoral se supone que los ciudadanos deberán contar con la serenidad suficiente como para meditar en profundidad su voto. La pregunta es si podrán hacerlo.

Nuestro país siempre se las ingenia para generar un escándalo en vísperas de acontecimientos institucionalmente importantes. Y ello se debe seguramente a que esa institucionalidad es tan poco respetada que padece el acecho de los mentirosos, los especuladores y los violentos.

Nada debería sorprendernos de una sociedad que ha asumido como normal que las causas penales se aceleren o detengan de acuerdo al momento en que se vive o que la muerte de un joven quede embretada en el debate acerca de quien tiene la culpa, en vez de buscar con fría seriedad al verdadero responsable.

Es verdad que la justicia argentina es deficiente; pero no lo es menos que aún eficiente, la sociedad decide “per se” quien es culpable y quien no.

Aunque se llegara a averiguar que pasó con Nisman, la mitad del país dirá que lo mató Cristina y la otra que se suicidó tras una vida disipada y por vergüenza ante una denuncia infundada.

Si Santiago Maldonado se ahogó, producto de su impericia y temor, poco importará que ello se compruebe. De un lado dirán que lo mató Gendarmería y del otro que fueron los mapuches.

Si Cristina va presa por haber robado centenares de millones de dólares, unos aplaudirán la medida y otros quedarán convencidos de que se trata de una persecución política.

Y así todo, y así siempre…

En semejante charco de crispación es imposible que una veda, por firme que fuese en su aplicación que no es el caso, nos brinde aquella tranquilidad reflexiva para preguntarnos en libertad que es aquello que puedo decidir para que a mi país le vaya mejor. Imposible, soñado…y además prohibido; hay muchos a los que sentimientos como el miedo, la frustración, la bronca y la sospecha permanente les sirven a sus intereses y nunca van a querernos en paz.

Así las cosas, querido lector, entre al cuarto oscuro y haga lo que mejor sepa…o pueda.