Venezuela: los actores del drama caribeño endurecen posturas

Por Adrián FreijoDesde adentro y desde afuera quienes juegan esta dramática partida se acercan peligrosamente a los límites de la razón y van dejando a la fuerza como único camino al fin.

Venezuela es hoy el escenario perfecto de las luchas internacionales por el poder. No solo las geopolíticas sino también las conceptuales.

En el mundo entero la tensión entre China, Rusia y los EEUU prometen alumbrar nuevos ejes de poder que aún no está claro en manos de quien quedarán. Ni siquiera está hoy definido cual será el grado de acercamiento de los dos primeros si la política que baja desde la Casa Blanca amenaza pretender fijar reglas de juego que frenen el crecimiento del país asiático y afecten la inocultable vocación imperialista de Vladimir Putín.

Donald Trump avanza por estas horas por el camino de afianzar una alianza estratégica con Jair Bolsonaro. En un efecto espejo con las políticas de los 70 y 80 iniciadas por Henry Kissinger durante la presidencia Nixon y consolidada por Ronald Reagan, el presidente norteamericano sabe que solo podrá atender al gran juego mundial cuando logre tranquilizar el «patio trasero» terminando con todas las experiencias populistas que aún quedan en pie. Claro que para ello cuenta con la invalorable ayuda de los líderes de esos países aferrados a las viejas recetas de una izquierda anquilosada que, por falta de respuestas lógicas a los problemas concretos, terminan siempre convirtiendo sus gobiernos en dictaduras de manual que violan los derechos humanos, destruyen la productividad y agotan la riqueza de sus países en un reparto sin contrapartida alguna.

Castro, Maduro, Ortega y en menor medida Evo Morales, se han encerrado contra una pared de conflictos que ellos mismos, en su ineficacia y falta de visión global, han sabido generar en una fiesta constante que hoy se queda sin fastos ni alimentos para continuar.

Y Nicolás Maduro parece ser el elegido para consolidar esta etapa latinoamericana en la que la mayoría de las naciones se alinean hoy con EEUU y se disponen a avanzar en proyectos neoliberales que por ahora tienen de parte de la administración Trump más apoyo moral que económico.

Puertas adentro Venezuela es un caos. A la falta de libertades públicas se suma la de alimentos, medicamentos, trabajo y todo en el marco de una inflación que en 2018 llegó al 1.600.000%. Si ese es el resultado de veinte años de Revolución Bolivariana, poco pueda agregarse a la hora de contestar la pregunta que el mundo se hace por estas horas: ¿es posible para el gobierno chavista revertir esta situación?. Obviamente, no.

La ruptura institucional, con dos presidentes, dos tribunales supremos y dos sistemas parlamentarios son la clara expresión de un país quebrado y a la deriva. Pocos creen hoy que la solución de la crisis pueda surgir de movimientos internos y todos miran los gestos y acciones de las grandes potencias para tratar de escudriñar cual puede ser el final de esta historia.

Claro que entre tensiones internas y presiones externas el riesgo de una guerra civil está a la vuelta de la esquina. Venezuela no tiene margen de acción ni elementos concretos para sostener esta crisis en el tiempo; y ello es hoy el mayor riesgo que debe afrontar un pueblo dividido y empobrecido en el que ambos bandos padecen la misma situación de postración.

Así, mientras los «grandes» juegan la batalla estratégica del Caribe, millones de personas afrontan la peor crisis humanitaria de este siglo y el viejo fantasma de la violencia latinoamericana parece desperezarse para venir por más desde el fondo de la historia.

Casi como si la trágica historia de Simón Bolivar y el triste exilio de San Martín fuesen un mandato atávico que jamás podrá ser superado.