NAVEL OF THE WORLD (el ombligo del mundo)

Mauricio Macri asistió a la tradicional cena de CIPPEC que reúne a empresarios, sindicalistas y políticos. En su discurso dejó la confusión y el doble mensaje como símbolo de su gestión.

Durante la cena del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), uno de los acontecimientos empresariales más importantes del año, el jefe de estado desgranó un largo discurso -ostensiblemente escrito por algunos de los asesores del equipo que encabezan Marcos Peña y Jaime Durán Barba- en el que trató de fijar los términos de lo que viene en la Argentina y recomponer la alicaída relación con el Círculo Rojo, del que siempre presumió de provenir y el que jamás lo aceptó como parte integrante.

En un giro importante de su mensaje, tras años de denostar «los últimos setenta años» como la ruta de todos los males argentinos, Macri citó a los ex presidentes Arturo Frondizi y Raúl Alfonsín, en una especie de reparto de caricias a quienes estaban allí presentes y fueron cultores del pensamiento de alguno de ellos en el pasado. Todo en el contexto de un llamado al diálogo que, a juzgar por los antecedentes del último trienio, no pasa de un cliché casi obligatorio pero lejano de la forma de gobernar del presidente y sus más cercanos colaboradores.

Macri inició su mandato convencido de que su pequeño círculo de iluminados bastaba para cambiar el rumbo decadente de la Argentina y, pese al pobre resultado de su administración, sigue encerrado entre consejos mezquinos, encuestas amañadas y visiones conspirativas de una realidad que día a día se le escapa entre las manos.

Y es que el presidente no cree en ninguna de las cosas que propuso…

En su visión los empresarios son mezquinos al no aceptar un plan económico que los deja afuera de toda posibilidad de calcular costos, fijar precios, buscar financiamiento y pelear mercados. Los sindicatos no hacen lo suficiente para aplacar a trabajadores que no aceptan acuerdos salariales de un 15 % cuando el costo de la vida se ubica por arriba del 40% y los políticos solo buscan derribarlo al no acompañar proyectos de ley como la suba de impuestos, el recorte de las jubilaciones o la reforma laboral que hasta ahora solo supone pérdida de los derechos y ninguna red segura para no precarizar las actividades.

El mismo que desde el atril convocaba al esfuerzo y la confianza común se negó a saludar a Roberto Lavagna, sentado a apenas tres metros de la mesa principal, y destrató a Matías Lammens, presidente de San Lorenzo de Almagro, al que responsabiliza junto a Marcelo Tinelli del canto agraviante que se inicia con su nombre y que nació en el Nuevo Gasómetro. Como hace insistentemente con los radicales ya al borde de un ataque de nervios. Además de retirarse por atrás, rodeado de su custodia y sin detenerse a saludar a nadie.

¿Ese es el diálogo que promueve?, ¿así entiende el presidente el valor de tender la mano a quien no piensa como él e invitarlo a resolver juntos los graves problemas que atraviesa la Argentina?.

Como su antecesora, y como Menem y en mayor o menor medida todos los que ejercieron la primera magistratura desde el retorno de la democracia, Mauricio Macri se ve a sí mismo como el ombligo del mundo. Supone que dialogar es discutir la agenda que él impone y que acordar es acompañar las políticas que él cree las adecuadas. Confunde una mesa de acuerdo con una juntada en la que todos escuchan lo que uno solo quiere decir y se ven compelidos a acompañarlo, por desvariadas que sean sus ideas.

Por eso busca imponer candidatos a la oposición, reglas propias a una economía desmadrada, obediencia a sus socios en Cambiemos, tiempos políticos a la justicia y una visión propia de la historia. En pocas palabras, ser el único relator de una realidad en la que ningún resultado puede observarse hasta el momento.

«El ombligo del mundo»….una vez más está entre nosotros.