Y un día Normandía tuvo que arriar sus banderas…

RedacciónMar del Plata amanece con bonificaciones docentes, situaciones resueltas a partir del diálogo y sin desembarcos forzados por guerras inventadas y caprichos absurdos. Haya paz…

Se acabó la épica berreta que buscaba esconder enconos personales -y algún negocete inconfesable- tras la apariencia de liberar a la ciudad de supuestos poderes hegemónicos. Los «desembarcos en Normadía» anunciados por el hombre del piloto al inicio de su gestión terminaron con su barcaza dando vueltas en redondo y con las playas a dominar plagadas de absortos ciudadanos que nada entendían de tanta maniobra desordenada, amenaza inconsistente y escenario bélico que solo reconocía el apagado sonido de las balas de cebita.

Durante cuatro años Mar del Plata fue mudo testigo de un disparate que en algún momento pudo confundirse con una cuestión estratégica o una pelea por la defensa de vaya a saber que delirantes principios.

Nada de eso…solo se trataba de impostar una supuesta autoridad que chocaba todo el tiempo con la razón y no pocas veces con la legalidad.

Pingüe tarea quedó para los herederos, obligados ahora a negociar las soluciones necesarias para evitar que los desmanes de ayer terminen pariendo deudas y dolores de cabeza futuros.

Así se vio el nuevo intendente obligado a reponer las bonificaciones docentes, arrancadas al solo conjuro del capricho de su antecesor, para evitar las consecuencias de un fallo judicial que representase para el municipio una erogación cuyo monto es a todas luces imposible de afrontar y, sobre todo, continuar con una injusticia que ponía a la comuna al margen  de la legalidad.

Y ahora también resolver el incordio de la «Guerra de los Carteles» que nos sometió a todos al bochorno de ver un operativo digno de la toma de los cuarteles de Al Qaeda cuando en realidad era el resultado de la bochornosa actitud de un hombre desquiciado que, como el Quijote ante los molinos de viento, creía ver en los luminosos adminículos a un enemigo solapado que pretendía esmerilar su supuesta autoridad.

Claro que en el camino de su delirio no se detuvo siquiera en analizar los pliegos de la concesión del Centro Cultural Vieja Estación Sur, que nada tenían que ver con el emprendimiento comercial que se erigió a su vera a partir de una millonaria inversión que cambió la cara del barrio y dotó a la ciudad de un espacio de alta gama propio de la importancia urbana que tenemos y que fue adoptado en forma inmediata por los residentes y los turistas que se volcaron masivamente a sus instalaciones.

Las cosas vuelven a estar en su lugar y el Paseo Aldrey es lo que corresponde y el sector cultural también. ¿Era tan difícil comprenderlo?, ¿no había entre los adláteres y consejeros de Carlos Fernando Arroyo alguien que le explicase como eran las cosas?…¿no pudo evitarse el papelón, los costos operativos, las críticas de los especialistas y el daño para la marca ciudad?.

Tal vez la oportuna intervención de la comuna, resolviendo por las buenas lo que ya había avanzado en los estrados judiciales, haya evitado que en poco tiempo todos nosotros nos viésemos obligados a afrontar una fuerte indemnización por los daños causados. Como en tantos otros temas, muchos de ellos aún pendientes de resolución…

Zorro Uno y todos los «zorrillos» que buscaron resolver viejos enconos personales en la cuestión, toman ahora el camino del mutis por el foro silbando bajito y buscando nuevos momentos y cuestiones para intentar seguir con sus delirios. Acumulando fracasos, repudios y derrotas sin disimulo en sus absurdas peleas de antaño.

El combate perpetuo, ridículo y autoritario que, gracias a Dios, termina como tenía que terminar: con la playa terminada y el invasor encallado, escorado y con poco márgen para navegar hacia algún lado.