YA NADA SERÁ IGUAL

El mundo que viene deberá afrontar nuevas realidades en las que la crisis será el telón de fondo. Las economías, los sistemas políticos y hasta la visión del hombre poco tendrán que ver con los valores vigentes antes de la irrupción del COVID-19

El escenario mundial se prepara para un cambio que esta vez no tendrá que ver con el final de una guerra, como ocurriese en dos ocasiones en el siglo pasado, ni con la caída de un muro que arrastró consigo un tablero internacional plagado de amenazas, tensiones y temores.

Esta vez, sin tiempo para una mínima preparación, deberá enfrentar nuevos equilibrios y nuevas realidades. Y cualquiera sea el resultado lo que es seguro que hasta la mirada sobre los valores humanos sufrirá una profunda modificación.

Las naciones poderosas emergerán de la crisis debilitadas, lo que las empujará hacia nuevas y más brutales formas de proteccionismo, con las consecuencias que ello tendrá sobre los países en vías de desarrollo.

Más de la mitad de los integrantes de la Unión Europea verán sus sus economías arrasadas y no podrán evitar recurrir a los organismos internacionales de crédito -incluido el FMI al que desde Bruselas se pretendió enterrar como medio propio de financiamiento para utilizarlo como ariete de ajuste en los países más pobres- lo que redundará en una fuerte caída de la masa prestable en América Latina, el este del viejo continente y algunos de los socios más pobres del propio territorio comunitario que, como Grecia y Portugal en el pasado reciente, estaban habilitados para recurrir al organismo multilateral para equilibrar sus raídas finanzas.

Ni que decir de Gran Bretaña que, a la luz de esta crisis, verá convertido al Brexit en un camino al abismo y hasta puede llegar a padecer tensiones internas que pongan en riesgo la continuidad del Reino Unido tal cual lo hemos visto hasta ahora. Recordando que, aún antes del estallido viral, esas diferencias ya estaban presentes en el escenario de las islas.

Estados Unidos y China aumentarán las fricciones y un eventual segundo mandato de Donald Trump asegurará una crisis permanente cuyas consecuencias pueden llega a ser hasta la división del mundo en dos zonas, dos economías y dos sistemas políticos diferentes.

Debemos acostumbrarnos a que esa suma de proteccionismo, pobreza y desigualdad será la puerta de ingreso de los autoritarismos. No solo en los países en vías de desarrollo -con América Latina y África como las mayores zonas de riesgo- sino también en naciones centrales del mundo desarrollado. Un escenario de conflictos internos, chauvinismo y xenofobia dará paso a la «necesidad» de promover las guerras nacionales en zonas como Medio Oriente, Asia y África como medio para convertir a los migrantes de hoy, que ya no tendrán lugar en Europa ni América del Norte, en los cadáveres de mañana.

América Latina estará en la mira del nuevo poder mundial como proveedor cada vez más barato de materias primas y la estrategia de dominación solo tendrá una duda: dictaduras clásicas o gobiernos autoritarios con ropaje democrático. Ganará quien asegure un mayor deterioro de las libertades públicas…

Este es el mundo que viene; y está a la vuelta de la esquina.

No aparece en el horizonte la posibilidad de evitar esta catástrofe moral, política y económica, salvo que los países en vías de desarrollo logren lo que nunca hasta el momento pudieron conseguir: una unidad estratégica liberada de ideologías, con respeto a los valores fijados en su historia y ordenamiento legal y capacidad suficiente para cooperar en lo económico y aumentar así el volumen de sus bienes negociables.

Y la inteligencia suficiente para revisar en cada caso las reglas de juego internas y adecuarlas a un tiempo de estrechez en el que la prioridad será cuidar el trabajo de los ciudadanos aunque ello represente la necesidad de postergar conquistas que no podrán ser sostenidas en el futuro inmediato.

Una vez más, empezar de nuevo. Sobre lo que realmente es y no sobre aquello que quisiésemos que fuera.

Nada más…y nada menos.