Yo estuve en El Último Baile

(Por Oscar «Huevo» Sánchez) Antes, en la década del ’80, recuerdo, intentar ver un partido de NBA era una utopía. Mucho más, una final. Luego, en los ’90, moví cielo y tierra hasta encontrar contactos que me dieran la posibilidad de poder ingresar a ver ese espectáculo.

En coincidencia con mi época en Andino de La Rioja, y aprovechando que «Caaarlos» era presidente, hasta lo intenté a través de la Cancillería. Y siempre con resultado negativo.

Pero claro, por fin llegó esa tan anhelada oportunidad, en aquel tan particular año 1998. A través del diario Deportivo Olé tuve mi chance de ir, junto a mi amigo Julián Mozo, a analizar las finales de la NBA entre los Jazz de Utah y los Bulls de Chicago. ¡Increíble! Caminaba por las paredes…

Me acuerdo de que antes de concretarse el viaje, desde el diario me habían pedido, como antesala, describir en dos páginas la «ofensiva triangular”. Lo hice, pero creo que a partir de ahí me comenzó a agarrar la «Neuralgia del Trigémino». Me devastó, pero lo terminé. Y creo que lo hice bien.
Partimos hacia Chicago y era todo nuevo en ese nivel. Llegamos, nos acreditamos y de ahí, nomás, al campo de juego a ver las prácticas que permite la NBA y todas las facultades que tiene la prensa para acceder a charlas, vestuarios etc.

Llegó la hora del primer juego y recuerdo que lo más fantástico era ver la llegada de los jugadores al estadio. Jordan, por ejemplo, llegaba en un plato volador rojo, algo así como una Ferrari; en cambio, Karl Malone lo hacía en su gran moto; y quizás la más insólito era verlo ingresar a John Stockton, con un vaquero, creo que era Far West (jaja), una chomba y un «bolsito me parece que comprado en Famularo». ¡Jamás vi algo más simple!

Desde ese playón de acceso nos mandamos adentro del campo (uno puede estar allí hasta media hora antes de empezar el partido, más o menos). Luego fuimos a comer algo en el restaurant de prensa (todo free, obvio). Y con la particularidad que Tex Winter, el ayudante de Phil Jackson, se sentó al lado mío. ¡No lo podía creer! El inventor de la ofensiva triangular y a quien yo, en el ’80, en una convención, ya le había comprado un carretel de fundamentos filmado en Súper 8. Créanme, me emociona al escribirlo, también.

Terminamos de comer y nos fuimos para el vestuario. Ahí, yo ya me moría… ver a los Bulls en directo y en intimidad. Recuerdo en cada juego ver llegar al «Gusano» Rodman (imposible describir como venía vestido), aunque sí puedo decir que lo que traía puesta era más parecido a un pijama que a algo de ropa. Se sentaba con sus auriculares enormes, control remoto y estudiaba a Karl Malone. Ahí me di cuenta que además de LOCO era demasiado INTELIGENTE.

Al termina el juego, pasábamos a las conferencias y recuerdo que intentaba ponerme bien cerca para ver a Jordan. Sus trajes eran impactantes, sus camisas (aun no consigo quien me haga ese tipo de cuello). Era CRACK Y LINDO. ¡Una imagen terrible! Y después llegar hasta el maestro ZEN, con sus hombros, que parecía que siempre lo habían sacado del placard… ¡Está como colgado de una percha! Notable.

Así fueron pasando los juegos de aquella serie. Entre medio, y sobre el lago Michigan, la NBA ofreció un banquete para la prensa. Imaginen ustedes. A lo grande. ¡Todo bien NBA! Esa noche recuerdo muy bien el llamado que hice a Bahía y a Vergara 14 (la casa de la familia Ginóbili). «Hola Gino, ¿qué hacés?». «Acá estoy, Hue. ¿Y vos? ¿Está lindo eso?». La respuesta me dio el pie justo. «Sí, precisamente te llamaba porque estoy al borde de un lago increíble, comiéndome un salmón rosado (debilidad de Gino) y al lado mío justo está David Stern. No sé si le querés decir algo, jejeje»… Conclusión: ¡Unos años después me enteré de que a su hijo Emanuel le retiraron la camiseta 20 de los Spurs, después de haber ganado 4 anillos! Menos mal que Gino no es de llamar.

Para finalizar y no agotarlos, les quería comentar esta anécdota. Estábamos con Julián en el hotel en Salt Lake City, Utah, y vimos por TV que en Las Vegas estaban pasando «Lucha Libre», y uno de los participantes era Dennis Rodman. ¡El tema es que la transmisión era en vivo! Y nosotros estábamos frente al hotel de los Bulls donde ellos estaban concentrados. Increíble. El «Gusano» se había escapado con Carmencita (Electra)
Al llegar al otro día a la práctica, la prensa atacó duramente a Jackson y en la conferencia posterior, a Miguelito. Este respondió solamente así: «Espero que Dennis distribuya los 250.000 dólares ganados entre todo el plantel». Punto y aparte. Y se retiró de la sala.

La moraleja que me queda y me sirve como entrenador, es que la ley no es pareja para todos. Al ocurrir algo así, en lugar de caerle, lo sostuvieron y lo manejaron a este loco. Porque en definitiva, desde Jordan hasta el último relevo sabían que solo Rodman podía defender a Malone, y no Luc Longley.

Fue así que llegó ese juego 6 y pasó lo que todos estamos viendo. Robo de Jordan del lado débil a Karl Malone, subida del balón y, a 6,2 segundos ante Bryon Russell (que cruzó sus piernas y se deslizó en su asignación sobre Air), Su Majestad armó el tiro y cerró el juego.

Sí, señores, fue el último baile y por suerte el color de esa final se los pude contar. Nota: Marisa, que me acompañó en aquel viaje, lo vio desde afuera del estadio. No tenía tickets… (Ella no estuvo, ¡eh!)