Alberto vive una presidencia vacante y confundida

Redacción No estaba preparado para un cargo que le quedó demasiado grande. Y las últimas horas muestran un preocupante grado de confusión que genera dudas acerca de su contacto con la realidad.

Al principio parecía el clásico vicio del porteño fanfarrón: hablar de todo, opinar de lo que sea y tratar de aparecer como un experto en generalidades. Nada que no se haya visto hasta el cansancio en la historia argentina o que no pueda ser consumido a través de los medios masivos que, desde la capital al país, nos muestran engolados representantes de ese tipo de personas que, trastabillando palabras y frunciendo conocimientos básicos, tratan de mostrarse como eruditos para terminar dando pena por el escaso volumen de sus conocimientos.

Pero se trataba del presidente de la república…lo que marca cierta diferencia.

Lo vimos balbucear incoherencias, desmentirse a sí mismo una y otra vez, volver sobre sus pasos sin siquiera haber terminado de darlos, acomodar su discurso a los humores de quien todos sabíamos era su verdadera jefa, confundir personas, circunstancias, fechas, hitos de la historia, cifras. Lo percibimos como un barrilete sin cola al que había que acompañar con el silencio y la paciencia a la espera de que, por arte de vaya a saber uno que birlibirloque, pudiese tomar el centro de la escena y torcer el rumbo de la nave hacia territorios de previsibilidad que permitiesen comenzar desde cero una nueva historia.

Pasó el tiempo, el peso de las filminas mentirosas y las frases grandilocuentes en pandemia aplastó la poca esperanza que se había despertado en un cambio de comando y Alberto Fernández salió del nuevo escenario con más magulladuras auto infringidas que golpes dados por una oposición que, entre atónita e inmadura, se limitó a observar la caída sin que una sola idea superadora surgiese de sus dirigentes más encumbrados.

Y llegamos a este punto que, por momentos, parece un lugar del que será imposible retornar.

Papelones internacionales, declaraciones que afectan los intereses estratégicos de un país que a esta altura casi debe agradecer su marginalidad mundial que le permite salir más o menos disimuladamente de graves afirmaciones geopolíticas como la de ofrecerse a ser la puerta de entrada en América Latina de una potencia cuestionada en el mundo entero por poner en riesgo la paz universal, pérdida de credibilidad ante los organismos internacionales de crédito a los que se recurre para resolver los problemas de una caja exhausta por falta de reservas, crédito e inversiones, enfrentamientos con la principal potencia mundial a la que al mismo tiempo se le pide apoyo y asistencia, abrazo fraterno con cuanto dictador en decadencia y condenado al aislamiento de vueltas por un mundo que trata de sacudirse definitivamente a los autócratas versión siglo XX, pérdida de tiempo en guerrillas internas contra la CABA, tratando de aislar a quien considera su principal contendiente de cara a un 2023 que el presidente sigue mirando como posible aunque hasta sus compañeros de ruta ya lo descartaron como opción o siquiera elemento de consulta y una peligrosa tendencia a recostarse en una antiquísima rencilla capital-interior que nada bueno presagia a un país y a un gobierno que ya no tiene nada que repartir y que antes que alumbre el próximo año estará inevitablemente sumido en un ajuste brutal o en un espiral inflacionario imparable.

Alberto siempre estuvo confundido. E irónicamente esa confusión devenía de su pretensión de ocupar la sede de gobierno y ejercer un poder que no era, que nunca existía ni iba a existir.

En su incapacidad para asumir su propia realidad y en su carácter de gris operador tras las sombras que lo convirtió en apéndice de Alfonsín, de Menem, de Cavallo, de Duhalde, de Néstor y, ya en el terreno de lo patético, de Cristina, se eleva ahora por sobre la realidad y se compromete en acciones y palabras irresponsables y vacías que solo consiguen dejar la sede vacante del gobierno nacional.

El barco, esta vez, se quedó sin un capitán que nunca tuvo…