Cuando el fútbol es una pantalla de corrupción y muerte

The Guardian acaba de publicar que en la construcción de los estadios para el Mundial de 2022 en Qatar han muerto 1.200 trabajadores. El promedio es de 1 muerto cada 2 días.

Con estos datos, el International Trade Union Confederation estimó que cuando se inicie el Mundial habrán muerto unas 4.000 personas. Las cifras son casi increíbles comparadas con las del Mundial de Sudáfrica en 2010 donde murieron 2 trabajadores y las de Brasil en 2014 donde murieron 10. Por lo que parece, no cesa la presión para impedir el Mundial en Qatar. ¿Será la pieza de Joseph Blatter para negociar lo que viene? Mientras tanto, una buena compilación de la revista Semana, de Bogotá, Colombia:

Jack Warner y Chuck Blazer: dos hombres, un destino. Ambos hasta hace poco miembros del comité ejecutivo de la FIFA. Ambos fabulosamente ricos. Ambos imputados por corrupción. Jack y Chuck, tal y como los conoce el re-re-reelecto presidente de la FIFA, Joseph Blatter, se hicieron dueños durante 21 años de la CONCACAF, la rama regional de la FIFA que comprende el Caribe, Centroamérica y Norteamérica. Entre 1990 y 2011 Jack, de Trinidad y Tobago, fue presidente de la CONCACAF: Chuck, de Nueva York, su secretario general y hombre de confianza. Hoy la justicia de USA persigue a Jack para que responda a acusaciones de soborno y lavado de dinero. Chuck, que ya ha admitido su culpabilidad, es hoy soplón del FBI.

La revista Semana, de Bogotá, realizó una crónica de los acontecimientos:

Vivía al borde. Poseía aviones, refugios de lujo en islas secretas y cuentas millonarias en paraísos fiscales. Trabajaba en un piso entero de la Torre Trump de Nueva York, y ahí mismo, unos niveles más arriba, mantenía un apartamento solo para sus gatos. Gastaba 4 millones de dólares al año con su tarjeta de crédito, y cuando quería salir a comer o beber lo hacía a bordo de una lujosa Hummer. Chuck Blazer, secretario general de la Confederación de Fútbol de América del Norte, América Central y el Caribe (Concacaf), era un hombre sin límites.

Pero una noche de noviembre de 2011, mientras conducía una moto por la Quinta Avenida, su vida de repente cambió. Un agente del FBI y otro del Servicio Interno de Impuestos (IRS) lo hicieron orillarse, se identificaron y le dijeron: “Podemos ponerle ya mismo unas esposas. O puede cooperar con nosotros”. En ese instante Blazer, uno de los hombres más poderosos del fútbol, perseguido por evadir impuestos, recibir sobornos y lavar activos, decidió convertirse en un informante.

El pasado miércoles, tres años y medio después de la escena en la Gran Manzana, el mundo conoció el resultado de las pesquisas desatadas por Blazer. Apenas los relojes de Zúrich, Suiza, dieron las seis de la mañana, una docena de fiscales sin uniforme entró a la recepción del Baur au Lac, un hotel de cinco estrellas en el centro de la ciudad con vista a los Alpes. Los agentes pidieron los números de habitación de siete funcionarios de la Fifa, los sacaron de sus camas y los llevaron presos.

Horas después, la fiscal general de Estados Unidos, Loretta E. Lynch, apareció rodeada de la plana mayor de la Justicia de su país: el fiscal del Distrito de Nueva York, Kelly Currie; el director del FBI, James Comey, y el jefe de investigaciones del IRS, Richard Weber. En una hora, los cuatro presentaron una investigación que revela cómo un grupo de empresarios y de dirigentes de la Fifa usó los métodos de una mafia para manipular contratos, corromper durante 24 años el fútbol y extraer ilegalmente más de 150 millones de dólares. “Se trata de un mundial del fraude”, dijo Currie. Y Comey añadió: “Hoy le estamos sacando una roja directa a la Fifa”.

Lynch explicó luego las claves de la acusación. Los siete detenidos de Zúrich hacen parte de una lista de 14 personas, entre funcionarios de la Fifa y ejecutivos de empresas de marketing deportivo (la mayoría latinoamericanos), acusados de pagar millones de dólares en sobornos con el fin de obtener los derechos de transmisión y promoción de torneos internacionales. Dijo también que pediría en extradición a los detenidos, que allanaría las oficinas de la Concacaf en Miami –hecho que ya ocurrió– y que también investiga los mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Al final anunció, con tono desafiante, que el trabajo continuará.

Desde entonces, el fútbol está estremecido: tanto sus directivos, patrocinadores y protagonistas, como sus miles de millones de seguidores en los cinco continentes de la Tierra. Las reacciones de exfutbolistas, empresarios y políticos no se hicieron esperar. Y el nombre en boca de todos ha sido el del presidente de la Fifa, Joseph Blatter, quien salió en un primer momento a la defensiva, pero con el paso de los días empezó a revelar su nerviosismo e inseguridad. Así y todo, y aunque suene increíble, el viernes fue reelegido presidente de la entidad para que maneje sus destinos durante cuatro años más.

Los señalamientos contra Blatter son apenas lógicos. Desde su fundación en 1904, la Fifa no había vivido un escándalo semejante. Aunque la Justicia gringa aún no ha dicho si él está o no involucrado en la red criminal, la mafia que envenenó al fútbol se ha fortalecido durante los 17 años que lleva al frente de la organización. Durante ese tiempo, la otrora prestigiosa institución impulsora del balompié global se convirtió en una banda de estafadores y criminales.

Resulta increíble que unos dirigentes, dueños de uno de los activos más rentables y populares del mundo como el fútbol y gobernantes de un conglomerado de naciones más grande que la ONU, se dejaran carcomer de esa manera por la codicia y la sed de poder. Durante la era Blatter, la idea de que la Fifa no necesita controles y que puede resolver sus problemas por sí misma ha terminado siendo su apocalipsis. La dirigencia, representada en el poderoso comité ejecutivo, no ha sido capaz de renovarse y aplicar normas de ética. Así, terminó ahora en la mira de la temida y eficaz justicia de Estados Unidos.

El caso, como lo insinuó la fiscal Lynch y como lo dijo melancólico el propio Blatter durante un discurso, promete “nuevas malas noticias”. Y si se llega a más capturas y se aborda con el mismo ímpetu otros temas espinosos como la elección de sedes para el Mundial, podría terminar de configurar la tormenta perfecta para el negocio del fútbol. La investigación ha causado un temblor solo equiparable al escándalo que acabó con la carrera del ciclista estadounidense Lance Armstrong y sacudió ese deporte, o a la caída del legendario presidente del Comité Olímpico Internacional Juan Antonio Samaranch, después de conocerse que escogía las sedes a cambio de sobornos.

Pero esta crisis es también una oportunidad para reformar un modelo de negocio que entre 2010 y 2014 le generó ingresos a la Fifa por 5.718 millones de dólares, de los cuales 70 por ciento entraron solo por los derechos de transmisión y comercialización del Mundial de Brasil de 2014. Ese dinero debería servir no para enriquecer a algunos y quebrar la ley, sino realmente para cumplir con los principios fundacionales de la entidad: “Desarrollar y promover el juego del fútbol a nivel global”.

Vergüenza Latina

El fútbol del continente americano, agrupado en la Concacaf y la Confederación Suramericana de Fútbol (Conmebol), resultó ser el nido de mayor corrupción en el interior de la Fifa. La investigación hace graves acusaciones a dirigentes del calibre del paraguayo Nicolás Leoz, exmiembro del comité ejecutivo; del uruguayo Eugenio Figueredo, exsecretario general de la Conmebol; del venezolano Rafael Esquivel, presidente de la Federación Venezolana de Fútbol; y de los menos conocidos, pero quizá más poderosos Jack Warner, oriundo de Trinidad y Tobago y exvicepresidente de la Fifa, y Jeffrey Webb, de las Islas Caimán, actual vicepresidente.

Todos ellos y los demás investigados tendrán que enfrentar cargos. Entre otros, concierto para delinquir, fraude, lavado de activos y obstrucción de la Justicia. Podrían purgar penas de hasta 20 años en una cárcel federal. Todo gracias a la cooperación de Chuck Blazer, que durante años había sido una de las fichas clave de Blatter en el continente y que, después de aceptar la oferta del FBI en Nueva York, espió a sus colegas con ayuda de un micrófono oculto en un llavero.