Un paisaje tétrico al que deberemos acostumbrarnos pronto

Un espectáculo poco tranquilizador se ha instalado frente a las playas de Río de Janeiro. Apocas millas es dable observar decenas de barcos que trabajan en las plataformas petroleras.

Pensar tan solo hace unos pocos años hubiese sido imposible. Las playas de Copacabana e Ipanema, tal vez las más famosas del mundo, símbolos de un Brasil que encontraba en el turismo uno de sus principales significados, asediadas por inmensos buques tanque a la espera de cargar petróleo extraído por impactantes plataformas submarinas –las más de las veces visibles para los bañistas- a la espera de que se produzca algún derrame que la historia indica inevitable.

Porque siempre pasó y porque también frente a Río alguna vez va a pasar.

Y es bueno que no desatendamos esta cuestión porque ya está en pleno desarrollo el estudio para la licitación de este tipo de plataformas frente a la costa de nuestra ciudad.

Y entonces este paisaje tan poco vinculado al turismo y tan proclive a recordarnos que el lucro económico siempre estará por sobre el interés común –que en una ciudad balnearia debería ser la preservación de la belleza y la pureza de sus costas y mares- y que tarde o temprano también conviviremos con las chimeneas, los residuos propios de la explotación, la degradación de la biomasa marina y tal vez con los derrames.

Si lograron hacerlo con Río de Janeiro…¿porqué no van a poder con nosotros?