Pedro Opeka: “debemos darnos la mano para el bien y no para el mal”

El padre Pedro Opeka sacerdote misionero en Madagascar, visitó Mar del Plata y tuvo un encuentro con la gente de la pastoral del basural, familias y vinculados a este ámbito y oficio una misa.

Luego recibió a la prensa y minutos más tarde le entregaron un reconocimiento como ciudadano ilustre de parte de los diputados de la Provincia de Buenos Aires y del concejo deliberante de General Pueyrredón.

Durante la eucaristía, el obispo monseñor Mestre, dijo “providencialmente tenemos la visita del padre Pedro, pensaba qué linda la imagen del evangelio, donde uno ve la multitud que necesitaba de un buen pastor y así podemos ver cómo tu obra refleja gran parte de lo que nos presenta hoy el evangelio de Jesús. Al ver a la multitud abatida, que andaba como quien no tiene poastor, poder tener la capacidad de enseñar, de comprometerse y revelar que Dios es nuestra justicia y poner el acento en la educación y la promoción, como lo hace tu obra siendo instrumento de Dios”.

“En esta eucaristía, damos gracias a Dios por la vida del padre Pedro y su obra en Madagascar, y que a nosotros nos estimula para que podamos comprometernos en el lugar concreto de nuestra vida, a ser esa imagen de Buen Pastor que vemos a Jesús en el evangelio. Yo creo que el padre Pedro se irá contento de la visita a Argentina, de Mar del Plata si nosotros somos capaces de tomar parte del espíritu que lo anima a él, para llevarlo a la realidad de nuestra vida. Ese compromiso con el pobre, el necesitado, el descartado; que tenemos en el horizonte de nuestra existencia cada uno de nosotros lo podamos asumir desde nuestro lugar”, enfatizó el obispo de Mar del Plata.

Terminada la misa el padre Opeka en su breve charla en la Catedral frente a miles de personas que se acercaron, contó su testimonio desde joven hasta su realidad actual y cómo se fue comprometiendo con la vida y el pueblo de Madagascar, sobre todo en el basural.

“Una persona me pidió si la podía ir a ver al basural, y ví un millar de niños que estaban allí disputándose la basura con los animales, me quedé mudo fue como un electroshock. Esa noche no podía dormir, levanté las manos, y digo Señor dame la fuerza, ayudame para poder hacer algo por esos niños, sentí una fuerza. Al otro día, fui al basural, y hablé con ellos, y me presenté como sacerdote misionero. Sentado en el suelo, compartiendo con ellos, empezó este movimiento de solidaridad que hoy se llama Akamasoa, “los buenos amigos” y que traspasó las fronteras de Madagascar. Yo les dije, si aman a sus hijos los ayudaré, y me miraban…había que hacer todo para no defradudarlos, porque ya los habían defraudado” relató Opeka y añadió, “pusimos un pie en un basural, y no nos fuimos más, allí nos quedamos. Porque pusimos ese pie allí, hemos comenzado a construir una ciudad con 18 pueblos, peor lo más importante es que ellos mismos eran y son los agentes de su propio desarrollo”.

En un momento de su charla, se refirió a que muchos lo llaman el “santo de Madagascar”: “Cuando haces tu deber en tu casa, tu familia, tu barrio, sos un santo; cuando haces y vivís de la verdad, por la verdad; sos un santo, sos una santa. Yo no soy más santo que ninguno de ustedes…siempre seré un sacerdote de Jesús en medio del pueblo por el pueblo y diciendo la verdad, que siento en el corazón por la fuerza de Jesús”.

También relató que fue el fútbol que “siempre le abrió puertas en todas partes  sobre todo en Madagascar”, y que lo habían invitado a participar del equipo de fútbol de la ciudad. “Allí corriendo bajo el sol a 40 grados, tenía una fuerza y una pasión, corriendo y haciendo goles. Por primera vez veían a un blanco correr, recibir patadas y festejar juntos con otros jugadores, porque un gol no se hace sólo, se hace en equipo”.

Al finalizar presentó a dos mujeres que lo acompañaron desde Madagascar, del pueblo de Akamasoa, y también contaron su testimonio de compromiso, y de superación personal a través de la educación. El padre Opeka, agradeció a todos por estar presentes en la Catedral y dijo que “nunca olvidaría sus rostros”.