La obsecuencia y el ridículo como ADN de la sociedad argentina

¿Por qué vivimos idolatrando a nuestros gobernantes?, ¿por qué siempre los vemos como dioses del Olimpo y les aplaudimos sus caprichos y hasta papelones?

Endiosar, aplaudir, acompañar sus absurdas pretensiones de gloria, silenciar sus defectos y corruptelas y aceptar mansamente que burlen la Constitución si a cambio nos ponen un peso en el bolsillo son algunas de las actitudes que caracterizan la relación entre los argentinos y sus gobernantes.

Nada comenzó con los Kirchner. No hay en este tiempo ninguna cosa que, por avergonzante que parezca, no hayamos hecho antes.

Tampoco en Villa La Ñata y esos partidos anaranjados en los que Daniel Scioli se mueve menos que un aguatero y sin embargo tiene a todos los fotógrafos siguiéndolo y a una numeroso grupo de «hinchas» aplaudiendo cada una de sus intervenciones.

Nuestra capacidad para hacer el ridículo viene de mucho antes…

Mar del Plata quiere ser otra vez sede de los Juegos Deportivos Panamericanos en 2023. Ojalá lo logremos… pero por favor no repitamos los papelones de antaño.

Bossio; Zanetti, Pablo Paz, Sorín y Arruabarrena; Husaín, Bassedas, Monserrat; Guillermo Barros Schelotto y Crespo era el equipo de 10 jugadores que se preparaba para disputar con la camiseta argentina los Juegos Panamericanos de Mar del Plata 1995, que luego ganaría de manera vergonzosa por penales ante un ignoto equipo mexicano en la final y en una semi con el rabo entre las patas ante ¿Brasil? No, frente a Honduras.

En esa formación falta el patrón de la mitad de cancha, con el número 5 un león que se robaba todo lo que pasara cerca: Carlos Saúl Menem.

Fue un partido horrible en el que  la Selección le ganó 6 a 1 a un combinado de “estrellas” con un gol de penal del Presidente (a quien Quique Vidallé  le atajó otro disparo desde los 12 pasos) y que giró en torno al mandatario, al que todos los «astros» del fútbol le pasaban la pelota… y lo dejaban pasar a él.

En el estadio General San Martín de Mar del Plata, con miles de personas aplaudiendo cada una de sus intervenciones, Menen no sólo fue el capitán del equipo, sino que levantó la copa “Al campeón del amor y la vida” en marco de la campaña Sol sin Drogas, de la que Diego Armando Maradona era padrino y mentor.